Aitor Olavarria
De tener quince años y andar sexualmente confundido – o al menos es lo que te gusta repetirte – y recordar como cuando niño describías a los hombres desnudos dentro de los vestidores del Sport Center esperando cual conciliábulo erótico y de líneas griegas que surcaban sus cuerpos, un espacio en las duchas; a tus compañeros de clases cuando aún no contabas con vellos en el pubis o sabías lo que el pubis era, o que pensabas que tener una erección en público era como tener la piel de gallina. Aprendiste siendo muy niño por vez primera luego de ver sus rostros que debías saber callar. De tener quince años y ver infinidad de hombres extraños, gordos y flacos, hermosos y grotescos, de penes grandes o delgados, circuncisos o negros; masturbarse frente a ti a través de la cámara, y mostrarte complaciente con tu cuerpo delgadísimo y hacerles entender que toda esa lozanía imberbe de piel que deja ver los huesos, vellos regados y pies delicados podían ser suyas esa noche. De tener quince años y que se te insinuara aquel chico once años mayor que vivía por tu calle y hoy día te preguntes cómo sería tu vida si le hubieses abierto la puerta esa vez. De llorar en las barras de Zenón mientras te buscaban polvo para contrarrestar lo que aún te mientes diciendo que eran los tragos extremadamente pinchados, en medio de aquellos con los que andabas las noches y competían por cuántas felaciones realizarían antes del alba y que hoy día no vivirían sin sus retrovirales. De arrastrarte por el piso del estacionamiento de Paseo Las Mercedes a escasas cuadras de donde estaba tu colegio. De huir del gocho piedrero que quería cogerte, y no de la mano, y que te dio esa combinación de punto rojo y piedra en un gotero la noche anterior.
De todo aquel silencio y negación con un cuerpo indispuesto a tener el látigo en una mano – una correa en su defecto – las cuerdas amarrando al hombre desnudo dos veces tu tamaño a una silla tailandesa de la que celosamente se enorgullecen tus padres, muy cara, a la que le arrancaste el asiento y que se baña del líquido preseminal de tu amante a medida que le azotas. Escuchando el sonido del cuero escociendo la piel, ese ruido seco como el de los niños maltratando sus palmas cuando aún aprenden a aplaudir; y el gemido y llanto de él atado a las patas de la silla, incapaz de moverse, quejándose porque las manos se le duermen y la cuerda le quema la piel. A llevarle el cuero a la boca y hacer que lo bese y diga que lo desea. Azotarlo hasta que se maree y luego soltarle sólo una mano ya dormida para que pueda masturbarse y brote de su cuerpo el néctar del placer líquido tan diferente al que añejas en tus entrañas, cuando demoras semanas el onanismo hasta que los meados salen espesos de la uretra y sientes burbujas en tus vesículas, y te decides a desentrañarlo de su prisión de placer en ese sueño que tienes incumplido – como tantas otras “perversiones” –, de acabar sobre el rostro a un hombre hermoso vertiéndole lo que antes era semen y ahora son pelotitas viscosas que hieden a pescado, pelotitas amarillentas que danzan en un líquido espeso casi sangriento y que parecen huevecillos de pez, y que él disfrute de ellos como el caviar que acaba de manar de ti. Que lo saboree lenta y con altísimo placer disfrutando de algún raro delicatessen que acaba de conocer, escaso y sumamente caro.
Sueños de mazmorras bañadas de luz y con olor a vapor de sudor que se acumula en tu cuerpo.
De ahí a la realidad del que relata rozando su erección a medida que teclea las palabras que son recuerdos, recuerdos de sumergirlo atado en la bañera y bastinarle los pies con un cuero delgado y mojado por salir a respirar. Soltarle las amarras y patearle los testículos y llenárselos de pinzas, obligarlo a masturbarse mientras te suplica, lo mejor que puede con el mouth gag puesto, que por favor le dejes quitarse las pinzas, babeándose y sollozando hasta que no puede contener el reflejo de arcadas y piensas al ver las lágrimas en sus ojos que jamás se ha visto tan hermoso.
Del silencio aprendido que causó tu imprudente deterioro mental y de la soledad de tener quince años, a estar abrazados mientras transcurre la noche oliendo su piel hirviendo que te da paz. Sintiendo sus besos por tu rostro y su pesada respiración que estremece todo su cuerpo. Contando las palpitaciones de su corazón que golpea contra tu pecho y pensando entre sentimientos de plenitud y cariños antes de caer en el desmayo noctámbulo de dónde viniste al sitio que has llegado llamado felicidad.
Aitor Olavarría (Caracas, 1986) Todero a fuerza de sobrevivir. Licenciado en Artes mención cinematografía de la Universidad Central de Venezuela por profesión. Escritor autoproclamado por necesidad. De todos los adjetivos que pudiesen describirlo el más acertado sería cambiante, aunque él prefiere la palabra evolución. Trata a través de sus palabras disecar sentimientos, experiencias y recuerdos para así poder vaciar ese pozo rebosante que ahoga a sus seres internos, y lograr con esto colmarlo de más vivencias. http://duquedewonken.blogspot.com/

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