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Crónicas Anacrónicas
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De Invisible a Visible
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De Ánima
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Del dicho al Hecho
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Del Tintero
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Sólido Insólito
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Ápeiron
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In memoriam María Ramírez Ribes
Syd Barrett: Dominoes
El devenir nos ha lanzado contra una temporalidad estrafalaria, subida de tono, una que sólo podríamos denominar como neosurrealista más allá de todas las apuestas que hace la posvanguardia permanentemente. No se trata en este caso de escandalizar, ni siquiera pretendemos el comentario feroz de un espectador hastiado de los medios masivos y, que por ello, ha encontrado refugio en los digitales; nuestra propuesta se dirige al viaje en el sentido baudeleriano de las cosas: una apertura hacia lo nuevo.
José Antonio Parra
Editorial
Octavio Armand
1/
Nacer viejo y morir joven.
Caracas, 23 de junio 2005
2/ Insomnio
Medianoche
Nada arriba
excepto la luna:
si aúllo, ¿estaría
menos sola?
Alba
Casi transparente
en la transparencia:
un pañuelo de seda
redondo, la luna.
Caracas, 28 de septiembre 2007
3/ Nocturno
Esclavo de mis ojos
esclavos de los tuyos:
en tus párpados, la luz;
y en los míos, insomnes,
la sombra que te sigue.
4/ Espejo
No puedo verte
Tienes los ojos cerrados
No puedes verme
Tengo los ojos abiertos
Caracas, 2 de julio 2000
5/ Utopía
Solo lo real es imposible
Caracas, 9 de febrero 2002
6/ Insula extraña
Escaparse es caparse.
Quedarse es castrarse.
7/ Convicción
A veces
A veces, no siempre
A veces no, siempre
Siempre, siempre
8/ Vanidad
Luna hipócrita,
candela prestada y fría,
tu otra cara reta y humilla.
Tu rectángulo redondo.
9/ Consuelo
Los pobres nunca se arruinan.
10/ Madurez
Con los años te echas a perder: te adulteras.
11/ Atracción fatal
Huesa y hueso
Esquela y esqueleto
12/
Ya había muerto.
Ya había nacido.
13/
Luz para otros ojos
Ojos para otra luz
14/
Más bello que la vista:
abrir los ojos y verla.
Máximas y mínimas
No se sabe a ciencia cierta si los apuntes de cocina de Leonardo descubiertos en 1981, son auténticos. Sólo se sabe que estaban acompañados del siguiente encabezado: “Este trabajo, que es una copia que yo, Pascuale Pisapia, realicé del manuscrito de Leonardo da Vinci que se halla en el museo Ermitage de Leningrado”. Pero existen y son divinos. Incluyendo el prólogo de Rafael Galvano para la edición argentina.
Maruja Dagnino
Leonardo estaba totalmente seguro de que un confitero debería tener estudios de arquitectura, pues “careciendo de conocimientos de resistencia y peso no podría realizar sus creaciones sin que se derrumbaran”. Esta premisa tiene mucho sentido para un hombre que quiso hacer un penetrable de mazapán de sesenta metros e intentó crear una máquina para cortar berros que terminó siendo utilizada como arma de guerra.
En realidad, este excéntrico inventor que fue Leonardo, abrigó grandes ideas que para su época resultaban sencillamente irrealizables, tanto como sus proyectos culinarios.
De Leonardo Da Vinci se conocen los artilugios que diseñaba prolijamente, las obras de arte -off course- estudios anatómicos, pero poco se sabía de su afición a la cocina hasta que en 1981 se encontró una supuesta transcripción de sus manuscritos. Afición que no sólo lo llevó a regentar dos tabernas, una de ellas con Sandro Boticelli, sino a convertirse en el jefe de banquetes de Ludovico El Moro.
Incluso parece que lo distraía de su oficio de pintor -razón por la cual la mayor parte de sus obras quedó inconclusa- fuera la cocina, en la que también, por cierto, fue trágicamente adelantado a su época. Algunos incluso creen que fue prácticamente un precursor de la nouvelle cusine, en una época en la que tanta frugalidad terminaba siendo considerada una estafa.
La enseña de las tres ranas de Sandro y Leonardo cerró por un motín de los comensales, que no podían aceptar el menú de degustación con que Da Vinci pretendía sustituir las suculentas y exuberantes bacanales a las cuales estaban acostumbrados los rudos hombres del Renacimiento.
Pero Leonardo era un innovador empedernido, consideraba que las costumbres culinarias de la época eran primitivas y echó a andar toda su imaginación para crear una serie de instrumentos que ahorrarían trabajo en la cocina, sin los cuales hoy no se podría vivir, como el molinillo de pimienta, el rallo, extractor de aire e incluso los rociadores para apagar el fuego en caso de incendio.
Ludovico de Sforza le dio trabajo gracias a una presentación que él escribió de sí mismo, en la que se vendía como un cocinero consagrado, y a pesar de sus metidas de pata el El Moro lo seguía perdonando gracias a sus dotes de pintor. Da Vinci, adorado por un oficio que desdeñaba, pero que lo hizo trascender al mundo de los dioses, y paradójicamente incomprendido en aquello que más amaba: la creación culinaria.
Como hijastro de un pastelero, Leonardo aprendió desde niño el arte del mazapán, con el que modelaba instrumentos de guerra. Pero apenas con once años, su verdadero padre lo rescató y se lo entregó como aprendiz al Gran Verrochio, para que lo entrenara en las artes de la pintura, en las que Da Vinci era un genio tan proporcionalmente a su desdén e indisciplina.
Esos años en Florencia, luego del cierre de la Enseña, no fueron muy auspiciosos. Leonardo era también un virtuoso del laúd, así que se ganaba la vida improvisando con su instrumento de cuerdas, dibujando y haciendo nudos, en lo que también era un experto, pero nadie quería darle trabajo de cocinero después de tan nefastas experiencias.
Despechado por sus fracasos decidió abandonar Florencia y se presento ante Ludovico Sforza, en Milán, con una carta de presentación en la que se describe como constructor, ingeniero, diestro pintor y consumado cocinero. Ante tanto prodigio, Ludovico lo acogió bajo su protección, con el cargo de Consejero de Fortificaciones y Maestro de Banquetes y Ceremonias de la Corte, aunque al principio trabajó como tañedor de laúd y comediante, mientras Ludovico engullía los modelos de fortificaciones que Leonardo le presentaba en mazapán.
Ya en la corte, su primer fracaso sucedió cuando éste le encargó un menú para la fiesta de su sobrina, para la que vino con una propuesta que Ludovico consideró inapropiada, llena de canapés minimalistas, en los que predominaban legumbres.
De Sforza le comunica simplemente que sus creaciones son demasiado frugales para lo que él está acostumbrado a ofrecer a sus invitados. Y Leonardo deberá dirigir la preparación de todo tipo de platos que él consideraba bárbaros y carentes de refinamiento: salchichas de sesos de cerdo de Bolonia, zamponi (pata de cerdo rellenas) de Módena, pasteles redondos de Ferrara, terneras, capones, gansos, pavos reales, cisnes y garzas reales, mazapán de Siena, queso de Gorgonzola que ha de llevar el sello de la Cofradía de Maestros Queseros, carne picada de Monza, ostras de Venecia, macarrones de Génova, esturión en bastante cantidad, trufas y puré de nabos.
Probablemente era cocina bárbara en comparación con el extraño menú de Da Vinci, de cuyos platos no se conocen las recetas sino apenas una descripción escueta: anchoa enroscada alrededor de un brote de col, zanahoria bellamente tallada, un corazón de alcachofa, dos mitades de pepinillo sobre una hoja de lechuga, la pechuga de una curruca, el huevo de un avefría, los testículos de un cordero con crema fría, la pata de una rana sobre una hoja de diente de león, la pezuña de una oveja hervida, deshuesada.
Sin embargo, Ludovico se ha sentido intrigado por los proyectos tecnológicos de Leonardo y le encarga la remodelación de las cocinas del castillo en el centro de Milán. Aparatos de moler, pelar y limpiar, purificadores de aire, y un artefacto para eliminar las ranas del agua destinada al consumo humano, tambores mecánicos para animar a la servidumbre, y la famosa máquina para cortar berros. La cocina de Leonardo ocupaba la armería, la mitad del comedor, los establos cercanos y seis habitaciones que pertenecían a la madre de Sforza.
La cosa se puso verdaderamente espeluznante el día de la inauguración, con un motín de los cocineros que se negaron a tallar una remolacha por comensal con la cara de Ludovico. La comida se retrasa por una hora, de pronto se escuchan unos gritos desesperados en la cocina, donde todo está cubierto de agua, la máquina proveedora de leña se ha descontrolado y lanza los leños por el aire, los fuelles (extractores) del techo avivan las llamas… ¿Qué comieron los comensales esa noche? Eso nadie lo sabe. Pero Leonardo tuvo que partir un tiempo al campo por sugerencia de Ludovico, y es entonces cuando pinta la famosa Virgen de las Rocas (National Gallery de Londres).
Para la boda de Ludovico con Beatrice, Leonardo volvió a las andadas. Ideó una réplica del palacio Sforza, de sesenta metros de largo con bloques premodelados de masa de pastel con nueces y cubiertos con mazapán. Los invitados entrarían al palacio de pastel y se sentarían a una mesa de pastel para comer... ¡pastel!, si no fuera porque las alimañas acabaron con esta obra arquitectónica durante la noche. Por la mañana, amaneció la servidumbre enterrada hasta la cintura en pastel, mientras otros tantos recogía los cadáveres de los roedores.
De fiasco en fiasco, así más o menos transcurre la vida de Leonardo. Ludovico lo envía a pintar
La última cena
, y él se chulea al Prior de Santa María delle Grazie. Si sobre la mesa de
La última cena
sólo hay pan, vino, puré de nabos y unas ruedas de anguila por qué Leonardo habría pasado un año pidiendo los mejores vinos y manjares, que él disponía sobre la mesa en la que trabajaba. Después de horas de observación, cambios en la disposición de los platillos y otras maniobras, Leonardo hacía algunos bocetos y luego ordenaba a sus ayudantes que comieran. Así se sucedían los días unos a otros durante un año. “A Leonardo sólo le interesa el contenido de la mesa –escribe el Prior- no sus ocupantes”.
Hay versiones, eso sí, de que la actitud de Da Vinci era una suerte de venganza contra Ludovico, quien no le pagaba su sueldo durante mucho tiempo.
Finalmente, después de que hubo pintado la mesa, terminó la obra en tres meses.
A punto de estallar la guerra con Francia, Ludovico lo envío a cuidar las fortalezas en Milán, pero Leonardo se dedicó a vaciar los almacenes de municiones y convertirlos en cocinas, de modo que el ejército de Luis XII la única resistencia que encontró fue la cortadora de berros de Leonardo y unos soldados ebrios con el vino que Leonardo les vendía. Lo que podría hacernos inferir que, por culpa de la obsesión de este hombre por la cocina, Milán perdió sino la guerra, a menos esta batalla.
Esto es más o menos lo que nos deja ver Rafael Galvano, traductor y prologuista de Apuntes de cocina de Leonardo Da Vinci (Editorial Astri, BA). Pero también es verdad que Da Vinci era un hombre de guerra. Pasó muchas horas de su vida inventando instrumentos bélicos, y también es cierto que Luis XII se alió con los Borgia. Probablemente Da Vinci lo sabía y vio que no había nada que hacer.
Pero Galvano da cuenta de un tipo totalmente delirante, irresponsable, caprichoso, genial e incomprendido. Y antes que nada goloso, obsesionado por la comida pero pésimo en materia de marketing. Su problema era que lo quería todo o nada.
Murió un poco después de haber compartido su cocina en secreto con el rey Francisco en Francia y haberse llevado a la tumba el invento culinario más popular del mundo: los espaguetis. A pesar de que Francisco le suplicó -a cambio de convertirlo en el plato nacional de Francia- le entregara la máquina que él había diseñado y que permanecía guardada en una caja negra, Leonardo prefirió morir despechado ante la indiferencia de unos comensales insensibles, que jamás aceptaron ninguna de sus creaciones. Ni siquiera sus spaghetti.
RECETAS Y NOTAS
A cerca de las hierbas
“Si las vacas comen hierbas y las ovejas lo mismo y sobreviven, y yo como vaca y ovejas para no caer enfermo… ¿por qué no podríamos comer todos hierbas?”.
Acerca de las cabras en la cocina
“En mis cocinas no hay lugar para ninguna cabra. Cuando están vivas huelen mal y se comen todo, mis mesas y bancos incluidos. Muertas huelen peor. Para liberarse de la hediondez de la cabras, libérese de las cabras”.
Restos
“Si los restos que sobraron de un banquete parecieran ser demasiado apetitosos para dárselos a los sirvientes y los perros (ya que sus sensibilidad podría verse ofendida y su digestión afectada por semejante opulencia), pique todo y colóquelo en una olla con nueve partes de agua y polenta. Después hiérvalo durante medio día a fuego lento para eliminar el mal sabor natural. Se lo puede servir a todas las creaturas, quienes se verán sumamente agradecidas por sus preocupaciones y molestias”.
Rana en caja
“Se debe colgar una rana y secarla al sol. Se la puede consumir cuando las patas están negras. Sin embargo, si colocara una rana muerta dentro de una caja, cubierta con grasa de ganso, sellada durante dos meses y sin aire, ¿todavía podría ser consumida? Los hombres prudentes cuelgan su rana muerta al sol.”
Lirón relleno
En los tiempos antiguos se lo preparaba de este modo: primero se lo rellenaba con nueces, pimienta y coles. Se lo cocía, se lo cubría con miel y luego se lo cocinaba encima del fuego. Sin embargo, Salai (quien se cree era el novio de Da Vinci) me ha dicho que comer lirón es un error, y ha vuelto a servirme pollo. ¡Cómo me aburre! … el pollo también.
Platos para personas pobres
Polenta y una hierba. Agregue a su polenta algo de tanaceto.
Polenta y dos hierbas. Agregue a su polenta algo de tanaceto y algunas flores de saúco.
Polenta y tres hierbas. Agregue flores de saúco y jugo de amapolas rojas. Para fiestas y eventos especiales.
Da Vinci en la cocina: una serie de eventos desafortunados
Rolando Peña
Oro negro (excremento del diablo)
Sin duda el Petróleo nos ha marcado para bien y sobre todo para mal. Betumen,
líquido, espeso, oscuro, tenebroso, bendecido y maldecido, está ahí, no hay manera de
obviarlo, se encuentra dentro de nosotros, en los huesos, sangre, cerebro, corazón, sexo, lo despreciamos y lo queremos, es una fatalidad y un regalo de Dios. Tengo más de tres
décadas desarrollando y asumiendo este riesgo. Hoy decidí compartir el exorcismo con
ustedes en esta tierra de gracia hoy en desgracia…………saludos.
(Mantra – Poético)
Rolando Peña – Caracas 2009
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Petróleo seré mas petróleo enamorado
Alejandro Chacón
Claridad
Lo más claro es el margen,
El límite donde desembocan
Presencia y mirada.
Todo espesor es doloroso.
Por ello no son un sueño estos árboles
Este espacio en profundidad.
Una imagen, un paisaje entero no basta.
Estará siempre intacta la raíz que falta,
La desnuda rama que apenas se sostiene.
De las cosas
Preguntas por la memoria de las cosas.
A un lado, ellas son camino y torrente.
¿Qué dolor se aferra a la grieta en el suelo,
A la cama deshecha o la puerta entreabierta?
Sólo las cosas conocen su entrega.
Esto, que confundes con tu dolor, no son ellas.
Un árbol arde ante otro árbol,
Pero apenas se vislumbra el bochorno
De cada raíz descubierta.
Es lo que se entumece frente a los ojos,
Es aquello que parece dormir y no duerme.
Mira cómo en el musgo la luz tiembla.
Hiere el tiempo y las cosas se ajenan,
Pero ellas en su silencio no ceden.
Ahora preguntas por la vida de las cosas.
Preguntas por la soledad de las cosas.
Paisaje y variaciones
I
Si estos árboles se dispusieran a un lado,
El vacío sería cierto.
Desnuda, la distancia se encamina.
El día no llegará más lejos.
Gris y verde de las ramas al fondo,
Borroso el suelo.
¿Es esta frescura una última transparencia?
Un surco entero decide su fuerza.
La nitidez es el paisaje a punto de romperse.
II
Esta es la nitidez de los árboles,
La imagen densa aun tan frágil.
Un poco de hierba húmeda
Es una tierna sustancia.
¿Quién diría que todo esto es aire?
El espacio resiste
y se adhiere a una mirada.
Las formas se avivan.
Una hoja estremece el paisaje.
Canción
Como una mañana
habitas un cuerpo
que no conoces
y dejas para sí
Porque no basta
porque nunca bastará
Lo que alcancen tus manos
Dejo eres
de tierra
un algo
un saber
sin otro fin
que el de habitar
asentir
tocar aquello
que es más cercano.
Adiós
En este paisaje reducido,
Como un jardín,
La leve hierba es un lago,
Las ramas se estremecen
Y en las hojas
El aire se filtra.
Lo que se extiende desde el fondo
Es su regalo: El espacio nítido,
El fluir transparente
Que respira intacto.
Los ojos alientan un margen.
La separación no se ha extenuado.
Un poco más que yo resiste el jardín.
Lo asiente el paisaje.
La tarde
Sobre la terraza:
Rumor de hojas.
El calor brota del suelo.
Nada comienza aquí,
Pero desde ventanas
Cada reflejo del sol hiere.
La fatiga está
En el consumirse de la tarde
En el viento menguado, débil.
¿Tendrá aquí la luz su término?
A este lugar
Entregado a la claridad
La tarde no añade un grano de arena.
Poemas
Judit Gerendas
Conocí a Hanni a finales de los sesenta, cuando ambas eramos estudiantes de Letras. Ella entró a primer año –entonces la carrera no era por semestres y tenía una duración de cuatro años- cuando yo cursaba el tercero. Poco tiempo después, en 1969, se produjo esa gran eclosión que constituyó la Renovación universitaria, la cual conmocionó a la Universidad Central de Venezuela y tuvo en Letras uno de sus bastiones centrales. Los del primer año aportaron quizás el mayor grado de creatividad, dentro de una Escuela tremendamente formal y académica.
La Renovación fue una fiesta, que en parte logró sus objetivos, pero luego el proceso, cuando iba a iniciarse la revisión más profunda de las estructuras universitarias, se quebró, debido al allanamiento y la intervención llevados a cabo en 1971 por Caldera.
Recuerdo la luminosa figura de Hanni participando en la Renovación, serena y apasionada, tímida y llena de coraje. Era una de las más jóvenes, una niña casi. Delgada, grácil, muy bella, permanecía sentada escuchando en silencio, la cabeza inclinada a un lado, seguramente ya figurando infinitos. Luego intervenía, concisa, breve, tajante, segura de sí misma.
Después, años más tarde, fuimos ambas profesoras de Letras, nuestra Escuela. Las circunstancias habían cambiado y nos encontramos en bandos enfrentados vehementemente, intensamente. El Área III, del cual era ella una de las profesoras más brillantes, se oponía al Área II, en el cual yo ocupaba un lugar significativo. Dicho de una forma más razonable, sin las etiquetas que tanto daño hicieron, ella dictaba las materias
Necesidades Expresivas
,
Poesía y Poetas
y
Literatura y Vida
. Las mías eran
Teoría de la Literatura
y
Crítica e Investigación Literaria
. A pesar del fragor de la confrontación, Hanni y yo nunca tuvimos ni el más leve enfrentamiento, nos respetábamos y nos apreciábamos, aunque teníamos posiciones radicalmente diferentes en cuanto a la literatura y en cuanto a la vida. Pero creo que coincidíamos en un punto de integridad, de honestidad, que nos permitía no llevar esas divergencias al terreno de lo humano.
A finales de los años setenta asistí a la defensa que hizo Hanni de su primer Trabajo de Ascenso. Habló con su voz melodiosa, modulada, como formulando un poema o entonando un canto, sugestiva, apasionada, dura en sus apreciaciones. Luego del acto le pedí prestado un ejemplar y, después de leerlo, le dije lo mucho que me había gustado. Me miró con sus ojos asombrados y me preguntó, sorprendida: -¿de verdad? Yo le dije, de verdad, claro que sí, si no no lo diría. Ella se alegró, de verdad, se sorprendió de verdad, porque era humilde, como todo ser realmente grande, y altiva, como todo creador que se siente segura de lo que hace. Ese ensayo se publicó luego con el título de
Memoria en ausencia de imagen/Memoria del cuerpo
.
Coincidimos también durante varios años en el Consejo de la Escuela de Letras, ella como Jefa del Departamento de Disciplinas Literarias y luego como representante profesoral, yo como Jefa del Departamento de Teoría de la Literatura. Ella poco hablaba, ya había comenzado su proceso de ensimismamiento. Cuando terminaban esas horribles y maratónicas sesiones, generalmente nos íbamos juntas hasta el estacionamiento, ella, la profesora Vilma Vargas y yo. Pronto Vilma y yo nos dimos cuenta de que al acercarnos a esa zona del campo universitario llamada Tierra de Nadie, Hanni se ponía a temblar y entraba en un estado de gran angustia. Desde entonces nos cuidamos siempre de acompañarla y dábamos un rodeo para no pasar por el lugar que desencadenaba en ella semejante reacción. Sólo mucho después, cuando leí sus poemas, comprendí, conmovida, lo que podía simbolizar para ella ese espacio.
Luego, años después, se agravó, no pudo seguir dando clases. Pero añoraba la docencia, no podía vivir sin ella, así como amaba la literatura y tampoco podía vivir en su ausencia. En un momento en que creímos que estaba un poco mejor, siendo yo directora de la Escuela, en 1994, abrimos un curso sin créditos para que ella lo dictara. Sus alumnos de siempre, que la amaban, se inscribieron, pero ya ella no era ella, ya no era capaz de sostener el discurso al que estaban acostumbrados y el curso naufragó, inexorablemente.
No quisiera recordar la última vez que la vi. Fue en la misma época, yo seguía siendo directora, y ella estaba en una clínica, agonizando. Vi a alguien en esa cama a quien no conocí, a una anciana desvencijada, en posición fetal, sumergida en el letargo que antecede a la muerte. No supe qué hacía yo ahí, no había comunicación posible con ella. Torpemente me despedí de los familiares y huí del lugar. Igual de miserable me sentí, más o menos en la misma época, cuando fui a visitar a Ida Gramcko, quien se estaba muriendo en terapia intensiva, y a quien ni siquiera vi, ahí sólo había una puerta cerrada y no había ni familiares, de manera que de mi huida de ahí no hubo testigos, de mi pavor tampoco.
Ida murió a los pocos días. Pero Hanni, espectacularmente, se recuperó. Su organismo no era el de una anciana, era todavía joven y robusto y resistió, se negó a morir.
Después, ya sólo supe de ella por terceros, hasta que, hace algunos años, me leí toda su poesía, una y otra vez, y descubrí la sostenida e inmisericorde exploración de su propio dolor, su capacidad de poetizar una calidad atemporal del tiempo, su mostrar espacios amenazantes carentes de fronteras, su asedio a la forma, al cuerpo, su trágica imposibilidad de alcanzar lo inalcanzable. Conmovida, admirada, escribí dos artículos, “Espacios en la poesía de Hanni Ossott” (Ateneo, Los Teques, Nº 15, 2001) y “Canto y muerte” (
Verbigracia
, 11 de enero de 2003), relativos a su obra, una de las más densas y bellas de la literatura venezolana.
Mosaico de recuerdos en torno a Hanni Ossott
Como un perfecto alquimista
Como un alma santa
Porque de cada cosa su quintaesencia extraje
Tú me diste tu barro y en oro lo troqué
Charles Baudelaire
José Antonio Parra
Para Amada Granado, hacer visible lo invisible consiste en abrir los ojos del espectador al mundo de los opuestos y dualidades. Su trabajo Guaire está profundamente imbricado en el ánima de una ciudad que se despedaza y muestra su podredumbre frente al ciudadano desenfadado y, más allá, de ello cubierto por una fuerte estética
kitsch
que, no obstante se ve trastocada o desplazada hacia un neo surrealismo donde el profeta salta impregnado de la inmundicia.
La exposición de un plano filosófico más allá de lo evidente se presenta bajo la forma de lo Uno que no podría ser sin sus dualidades diáfano-asquerosa. La artista apela no sólo a estos elementos sino también a una experiencia lúdica en la que el espectador experimenta lo atractivo del arte de repulsa. El escándalo es parte intrínseca de este juego. La emoción en los modelos; por un lado desgarradora, caminando con la mirada del iluminado y, no por esto lastimoso y por otro glamorosa, descomponen al mundo subterráneo de la ciudad en una ambivalencia casi mística; la artista sin duda alguna ha emprendido un viaje hacia los estratos profundos del inconsciente colectivo de una urbe que pendula entre la modernidad y la ruina; retrata seres a la orilla del Guaire, el río inmundo, metáfora del nuevo tiempo que nos ha tocado experimentar, uno donde todo es posible.
Asistimos al despegue meteórico de una artista que se ha adentrado en lo border de la ciudad, que se ha sumergido en la inmundicia de su río emblemático para decirnos: esto es lo que hay, más allá de ello no hay otra posibilidad. Granado destruye paradigmas al presentarnos al hombre, con sus grandezas y miserias, en lugar del hombre simplemente emergiendo de la porquería.
Guaire
, una experiencia límite, territorio de Amada Granado, generadora de un discurso novedoso que atrapa al habitante caraqueño y lo sumerge en el juego alquímico de la artista para retornarlo inmaculado, visionario, intenso, lejano.
Guaire: La dualidad y la alquimia en Amada Granado
Ruth Capriles
La primera frase de una novela no sólo es el picaporte que abre al lector la puerta del mundo imaginario al que entra con expectativa, es también el puente que permite al autor entrar en el relato. En muchas ocasiones, si un autor tiene la primera frase tiene el libro completo. Lo sabe cuando confía en la necesidad de la línea de desplegarse. Una vez escrita, ella va de sí.
Siguiendo esta hipótesis, la mejor primera frase es aquélla que de un jalón mete al lector en el mundo imaginario; es la frase metáfora del tema y la historia por venir; la que te dice en acertijo de qué se trata el juego en el que entras.
La última frase de una novela, per contra, no es el pestillo que cierra la puerta; la mejor última frase es aquélla que logra dejar abierta la puerta. Por tanto, ambas, primera y última frase, están vinculadas entre sí por un imaginario inacabable. Entre ambas, el autor dotado, quien tiene el don de la metáfora, establece un corredor de imaginación continua.
Es probable que los autores no se percaten de ese vínculo, aunque algunos lo establecen de manera tan extraordinaria que uno sospecha lo sabían. Charles Dickens es quizá el ejemplo más expresivo:
Véase en Tiempos Difíciles, la primera frase:
“Ahora, lo que quiero es Hechos. No enseñen a estos niños y niñas sino hechos. Hechos solamente se necesitan en la vida.”
Con esa frase, Dickens nos dice de una sola vez cuales son los tiempos difíciles; tiempos de rigor victoriano, cuando el positivismo se entendió como determinismo y mecanicismo. Nos advierte cual es su objetivo temático: Señalar las presiones que el mundo industrial ejercía sobre los seres humanos desde la infancia y ridiculizar el utilitarismo radical.
Para cerrar, frente al determinismo económico, Dickens responde afirmando nuestra humanidad; reiterando el indeterminismo y la libertad que nos da nuestra capacidad de decisión dentro de la fugacidad del tiempo humano.
“!Querido lector! Queda a usted y a mí decidir, en nuestros dos campos de acción, si cosas similares serán o no serán. Déjelas estar. Nos sentaremos ante el fuego para ver tornarse grises y frías las cenizas de nuestras vidas ”
En Historia de Dos Ciudades, el mismo autor alcanza niveles poéticos insuperables, produciendo una de las primeras frases más famosas de la historia de la literatura universal. Aunque es imposible traducir la fuerza y sonoridad de sus palabras, con estas empieza esa novela:
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, era época de fe, era época de incredulidad, era estación de Luz, era estación de Oscuridad, era primavera de esperanza, era invierno de desesperanza, teníamos todo ante nosotros, nada teníamos frente a nosotros, todos iríamos al Cielo, todos iríamos directo por el camino inverso –en suma, el período era tan parecido al presente, que algunos de sus más ruidosas autoridades insistían en declararlo sólo en términos superlativos.”
Sabemos de qué trata la novela: Tiempos de Revolución (francesa) y tiempos de destrucción, cuando la esperanza en el futuro se convierte en desgracia y muerte inmediatas. Es frase eterna que describe los tiempos de la novela, los tiempos de Dickens y nuestro propio tiempo. Eso la convierte en una obra inmortal, tan vigente para los venezolanos hoy en día como fuera para los ingleses en el siglo XIX.
La frase final de esa novela nos saca de esa dolorosa historicidad y abre la puerta al lector a trascender el momento cruel de toda revolución a través de gestos heroicos que permiten la permanencia del bien. Ante la guillotina, que saldará las cuentas del disipado personaje que se inmola para salvar al hombre de la mujer que ama, Sydney Carton piensa:
“Es lo mejor que he hecho en mi vida; entro al mejor reposo que jamás he conocido.”
No sé si es coincidencia, pero la mayoría de mis novelas preferidas, esas a las que vuelvo una y otra vez a lo largo de mi vida, son aquellas que tienen perfectas primeras frases. Cada sábado, cuando me levanto para ir al mercado, me veo en el espejo y repito la frase inicial de la novela más famosa de Virginia Wolf:
“La señora Dalloway dijo que hoy compraría las flores ella misma.”
Es una primera frase perfecta, aunque la traducción literal no permite oir la música de la misma. En inglés dice: “Mrs. Dalloway said she would buy the flowers herself.”
En nueve palabras dice quien es el personaje, alguien que disfruta la vida y la celebra. Además nos dicen que está casada, que tiene una posición socio económica suficiente como para mandar a buscar las flores o hacer que se las envíen en cualquier otro día. Pero ese día es especial, lo suponemos de una vez, no sólo porque empieza la novela, sino porque el personaje nos ha transmitido su gozosa expectativa. Luego de esas primeras palabras, irrumpe un párrafo que es una explosión de goce existencial y que confirma lo que ya sospechábamos: Clarissa Dalloway ama la vida y eso ilumina la vida de los demás, tal y como expresan las palabras finales:
“-¿Qué es este terror? ¿Qué es este éxtasis? -pensó- ¿Qué me invade con este entusiasmo extraordinario?
-Es Clarissa - dijo él.
Pues allí estaba ella.”
Cuando siento una pasión vergonzosa, no puedo dejar de recordar a Humbert Humbert y la más hermosa primera frase que he leído, de Vladimir Nabokov:
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-lii-ta: La punta de la lengua bajando en tres pasos por el paladar hasta puntear al tercero sobre los dientes: Lo-lii-ta.”
Si la primera frase confiesa una pasión vergonzosa, la última frase permite trascenderla, la santifica:
“Estoy pensando en auroras y ángeles, el secreto de pigmentos durables, sonetos proféticos, el refugio del arte. Y esta es la única inmortalidad que tu y yo compartiremos, Lolita mía.”
El arte, la belleza de la palabra, nos permite no sólo perdonar a Humbert Humbert su crimen y su pecado, sino además nos hace admirar y recordar eternamente la pasión que los inspiró.
En Mario Vargas Llosa, Conversación en La Catedral, la primera y última frases expresan y reiteran el desencanto latino americano, la incertidumbre inevitable del desorden y la ausencia de amor por lo nuestro:
“Desde la puerta de «La Crónica» Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”
Esa falta de amor por el propio espacio, que parece característica de muchos pueblos latino americanos, se vuelve en contra de nosotros mismos y nos disipa el futuro; se traduce en incertidumbre y ausencia de instituciones; se siente como despropósito e inutilidad de nuestra vida:
“Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo habría otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría ¿No, niño?”
Con Doris Lessing, en el Cuaderno Dorado, tenemos una solución diferente a la conexión entre primera y última frase. Ambas resultan funcionalmente idénticas para describir la amistad de dos mujeres inglesas tratando de manejar la desilusión del ideal que las había convertido en militantes del partido comunista inglés y sus esfuerzos para rescatar las cosas verdaderamente importantes. La diferencia entre las frases es sólo de temporalidad. Al principio, las amigas están enfrentando la ruptura y la desilusión:
“Las dos mujeres estaban solas en el apartamento de Londres.
-El punto es -dijo Anna, cuando su amiga regresó del teléfono en el vestíbulo- el punto es que, tal y como lo veo, todo está desmoronándose.”
El “todo” es, por supuesto, la ilusión que ambas tuvieron de un mundo mejor, igualitario y participativo. Lo que se desvanece es la esperanza en que sus actividades organizativas pudiesen hacer alguna diferencia y no fuesen utilizadas por los hombres con ambición de poder. La novela nos describe justamente cómo la actividad política militante del comunismo enmascara las relaciones desiguales entre los hombres y las mujeres. Para salvarse de la destrucción del ser femenino, que tal relación asimétrica acarrea, las dos amigas encuentran el refugio de la domesticidad, del afecto entre ellas y hacia la prole. Al final, ya han aceptado la mentira comunista y sólo les queda la perplejidad ante el mundo que ha resultado al revés de como lo esperaban:
“-Todo es muy extraño, Anna. ¿No?
-Mucho.
Poco después, Anna dijo que tenía que regresar a Janet, quien seguramente ya habría vuelto del cine donde había ido con una amiga.
Las dos amigas se besaron y separaron.”
Esa frase final rescata la amistad y el espacio del afecto como las únicas realidades que sobreviven a la política y permanecen más allá del dogma o de la ficción. Para el lector, es el espacio que permanece abierto cuando cerramos el libro.
Margaret Mitchell, en su famosa novela Lo que el Viento se Llevó, utiliza ambas frases para describir a ese personaje inolvidable, Scarlet O´Hara, quien al principio se nos presenta como una muchacha frívola y coqueta que fascinaba a los hombres.
“Scarlet O´Hara no era bella, pero los hombres rara vez se daban cuenta cuando eran atrapados por su encanto, como lo estaban los hermanos Tarleton.”
A través de la saga bélica descubrimos el temple de esa mujer para sobrevivir y salvar a aquellos que terminan a su cargo, expresando en esa famosa frase final el espíritu heroico de los estadounidenses y su disposición al esfuerzo y al logro. La frívola, egoista y caprichosa mujer demuestra un apego por la tierra de sus ancestros, Tara, una pasión y una voluntad de vivir y obtener lo que se quiere por propio esfuerzo, que ninguno de los otros personajes, más serios y apegados a principios, podían tener. Los tiempos de guerra ciertamente prueban a las personas. Los buenos resultan pusilánimes y muchos malos resultan capaces de inmolación.
“Pensaré sobre eso mañana, en Tara. Entonces podré soportarlo. Mañana pensaré en alguna forma de reconquistarlo. Después de todo, mañana es otro día.”
Scarlet es ciertamente un personaje inmortal y entre ambas frases la autora logra describir una mujer sin igual, llena de defectos, sin embargo una heroína que sigue viviendo después que cerramos el libro. Estamos seguros que la saga continúa y que ella logrará reconquistar a Rhett y reencauzar su vida. El mañana continúa para ella y para nosotros lectores.
James Joyce, en Ulysses, comienza con un introito satírico al catolicismo irlandés.
“Pausadamente, el regordete Buck Mulligan bajó por la escalera, llevando un envase con espuma de afeitar sobre el cual reposaban un espejo y una navaja. Una bata amarilla, sin atar, era sostenida levemente detrás de él por el suave aire de la mañana. Levantó el envase y entonó:
-Introibo ad altare Dei”
Como es generalmente conocido, el Ulises, es una demostración monumental de la capacidad literaria de Joyce para escribir en todos los estilos posibles, usados en la literatura pasada y por venir. Cada capítulo no sólo describe Dublín, sus habitantes y sus cuitas, critica todos los dogmas y cuenta todas las odiseas de la Historia en un solo día, sino que además utiliza 18 formas narrativas distintas y múltiples narradores. El capítulo final es una explosión lingüística y emocional de Molly, quien sin respirar trasciende las barreras religiosas e históricas para afirmar la palabra que conocen todos los seres humanos: El amor:
“Puse mis brazos a su alrededor y lo atraje hacia mí para que sintiera mis senos y todo el perfume sí y su corazón latía como loco y sí dije que sí que sí quiero Sí.”
Franz Kafka, el relator supremo del absurdo comienza El Proceso con una prisión absurda y termina con una muerte absurda que todos continuamos sufriendo y cuya vergüenza sigue pesando, eterna y reiteradamente, sobre la humanidad.
La novela inicia abriendo el escenario del proceso absurdo:
“Alguien debía haber estado diciendo mentiras sobre José K., porque sin haber hecho algo malo, fue arrestado una hermosa mañana.”
Y termina abriendo el corredor eterno de la culpa. K muere:
“!Como un perro! –dijo; como si quisiera decir que la vergüenza lo sobreviviría.”
En Amerika, la obra más optimista y liviana de Kafka, se reitera el mito de este continente. Las primeras palabras abren sobre la libertad que, curiosamente, Kafka la ve defendida por la espada:
“Mientras Karl Rossmann, un niño pobre de dieciséis años enviado a América por sus padres porque se había dejado seducir por una muchacha de servicio que había quedado embarazada, estaba en la cubierta del barco que entraba al puerto de Nueva York, una repentina explosión de luz solar pareció iluminar la Estatua de la Libertad; así la vio bajo nueva luz, aunque la había visto anteriormente. El brazo con la espada levantado, como si acabado de estirar, mientras los vientos del cielo soplaban alrededor de la figura.”
Hay que leerla en alemán, por supuesto, para oírla y en todo caso perdonarle las imprecisiones porque nunca conoció América ni vio la Estatua de la Libertad, pero sus palabras cuentan una realidad: Es una tierra de esperanza. “Me gustan los americanos porque son saludables y optimistas” expresó el autor a Max Brod, el amigo que, desoyendo la voluntad de Kafka, que le pidió quemar todos sus manuscritos, los publicó y nos los explicó en relación a la vida y comentarios del autor.
Es un principio optimista, y en este sentido bien distinto del resto de sus novelas (El Proceso, El Castillo), y Kafka se mostró alegre y optimista mientras la escribía, también según Max Brod.
No tenemos las últimas palabras de América, pues Kafka la abandonó repentinamente y la dejó inconclusa. Según dijera a Max Brod, pretendía terminarla con una nota de reconciliación. Podemos pensar que el joven protagonista, quien había emigrado con el fardo de las temáticas de Kafka: La culpa, el pecado original, la autoridad paterna, se deslastraría y encontraría la felicidad en ese continente inmenso y sin límites que ofrecía todas las posibilidades y le abría sus brazos. Pero no necesitamos el final. En realidad, el cierre lo tenemos en las palabras iniciales del último capítulo:
“En una esquina, Karl vio un anuncio que decía: El Teatro de Oklahoma empleará miembros para su compañía hoy en la pista de carreras de Clayton desde las seis de la mañana hasta medianoche. ¡El gran Teatro de Oklahoma te llama! ¡Hoy sólamente y nunca más! ¡Si pierde esta oportunidad la pierde para siempre! ¡Si piensa en su futuro usted es uno de nosotros! ¡Todos son bienvenidos! ¡Si quiere ser un artista, únase a nuestra compañía! ¡Nuestro Teatro puede encontrar empleo para todos, un lugar para cada uno!”
Karl aprovechó la oportunidad. Kafka, como sabemos, no.
Hay dos de mis autores preferidos que parecen contra ejemplos y no ofrecen primeras ni últimas frases que cumplan los requisitos que he aplicado a las novelas anteriores.
Entre las novelas más importantes de Henry James no encontraba una primera frase que fuese metáfora de la historia o del tema y que cerrara el círculo con una frase final.
Hasta que encontré una: La Fuente Sagrada.
No sé por qué no empecé por ahí, porque me resulta una novela extraordinaria, aunque el mismo autor la haya descrito como “un jeu d´esprit”, un juego previsto como una historia corta que creció a 20.000 palabras, y León Edel, el equivalente para James de lo que fuera Max Brod para Kafka, considera que “merece un pequeño lugar honorable en el estante jamesiano.”
Esa novela es ciertamente un juego, un acertijo que parece un ejercicio literario y de lógica lingüística, sin substancia temática ni protagónica. Yo la estimo como un prototipo de novela, de la novela jamesiana específicamente. Una obra maestra que revela la estructura y la temática de todas las novelas de ese autor. La estructura: Una progresión dentro del espíritu insondable del ser humano que queda siempre incognoscible. La temática: La relación vampirezca entre los seres humanos, especialmente en la relación de pareja.
La novela inicia con la expectativa de compartir con conocidos durante un fin de semana en las afueras de Londres.
“Siento que era una ocasión -el prospecto de una gran fiesta- para encontrar en la estación amigos posibles e incluso enemigos posibles, que estarían también dirigiéndose a la fiesta. Tales premoniciones, era cierto, alimentaban miedos cuando no alimentaban esperanzas...”
El protagonista anónimo, cual cámara indiscreta, se entretiene observando, con una lógica que cree insuperable, a los invitados cuyas apariencias lo llevan a desarrollar la hipótesis de que en la relación de pareja siempre hay uno que chupa la vida del otro. Al final se encuentra equivocado en sus conclusiones sobre quien chupaba a quien y superado en sus deducciones por la anciana que comprende su juego y lo sobrepasa en la comprensión de las relaciones humanas. Lo que comenzó como deseo de socializar, termina con el impulso a huir del género humano.
“Esa última palabra -la palabra que me puso exactamente en ninguna parte- era demasiado inaceptable como para no obligar a refrescar el propósito de escapar a otros aires, como se me había ocurrido esa tarde. Definitivamente, nunca más debería juntarme con ella; no es que yo no tuviera tres veces su método. De lo que carezco fatalmente es su tono”
Otro de mis autores preferidos, V.S. Naipaul, no parece dar importancia a la cuestión de marras. Aunque escribió pasajes hermosos y significativos, no encuentro en sus novelas principales una primera frase vinculada a la última como metáfora completa. Sólo en una encuentro una tenue relación, Guerrillas, la más dura de sus novelas, la que más duele leer cuando se es suramericano, porque es la historia de todas las guerrillas y el resentimiento en el mundo colonial. El tema del resentimiento lo despliega de una vez en su primer párrafo:
“Después de almorzar, Jane y Roche salieron de su casa sobre el Risco y manejaron hasta la Granja Thruschcross. Bajaron a través de la ciudad caliente al pie de las colinas y luego a través de la ciudad al camino del mar, a través de las vías públicas pintorreadas con slogans: 'Negro Genuino', 'No Vote', 'El control de la natalidad es una conspiración contra la raza negra'”
Esa novela termina con la soledad de un líder que no tiene a quien guiar, un guerrillero sometido por su propia abyección y cuya última palabra suena a servidumbre:
“-Esa es la forma como será. Te estamos dejando solo, Jimmy. Yo me voy. Jane y yo nos vamos mañana. Jane está en su cuarto empacando. Te dejamos aquí. ¿Me oyes, Jimmy?
-Massa”
El escenario que nos abre ese diálogo final es la historia de nuestra guerrilla suspendida, aislada, en el espacio del resentimiento que niega el futuro.
Podría continuar jugando indefinidamente sobre este tablero, pero en algún momento hay que decir la palabra final. Espero encontrarlos para seguir jugando entre las puertas infinitas de la imaginación.
Caracas, 11 de Marzo 2009
La primera y última frase de una novela (Un viaje personal por las novelas preferidas)
L. Santiago Méndez Alpízar / Chago
Calles nubladas de Noviembre / Madrid
Hordas y manos asidas a bolsas de plástico con escritos de Rebajas
Mensajes para hostigar en el
mareo
Profundización en cabeza que aguantará un solo mensaje
/mil átomos de la misma moraleja/
En la prisa que queda en vano apuro
-sofoco en calendario-
por almanaque /
inamovible
Puestos para castañas y batatas amarillas /
anaranjadas como los muertos egipcios /
Batatas que son boniato
que nada tienen de la
gamba mojonera
Grapado en la tradición
-devenidas al glamour-
Caprichos de la apariencia
sobrevividas en la Historia las anaranjadas batatas
pinchadas en Las Barranquillas*
calientes como la sangre del yonqui al entrar su
last
picotazo
Llegadas desde la otrora hambruna las lujosas batatas de Gran Vía
-II
“Soy un joven que vive en la calle y les voy a mostrar varios ejercicios de Contorsionísmo. Luego ustedes me darán lo que bien puedan. Su voluntad”.
No digamos cómo hemos llegado al suelo del vagón del Metro
Ni la chispa que aún chispea al final de los ojos
Aquella pedrada que le dimos al cristal de la tienda
-el
arrebato
-
El primer diente podrido / los calambres eternos
Hubo una vida
Ahora eres
un joven
con los dientes podridos que vendes un cuento en el suelo de un vagón de metro
Que pides para llenar de amoniaco los pulmones
-polvo al polvo y a tus pulmones
base
y amoniaco que va de chiforrover -
Un enjambre de avispasdolores de no sentir más que dolores
Aquello
que dices fue otra trampa
Una estrategia diseñada desde tiempos de la augusta Roma
Desde antes
Ya no estás en la baraja
III
Voy y vengo y en todas direcciones
No hay donde tocar / sólo edificios
Pero seré el que encuentra
Amplios los mares como son /
dejaré caer las leguas recorridas
El derecho a colgar argolla en oreja zurda
Narrar el horizonte de alguna manera / como si no se alternase atizar la melancolía
que es una palabra de madera /
IV
El de la sangre de lagarto
Cubierto de arena / traída
a caso
de las mismas entrañas del
Desierto de Judea
donde los dátiles /
Phoenix dactylifera
son como
dedos de gigantes
dulces como pezones de quinceañeras
Mimetizado frente a los maniquíes del Corte Inglés
Sin más gracia que la de haber ganado la paciencia de pringarse
sabe él de qué
pone el
pañito
para vaciarse dos cubas de arena
Arena del Desierto de
Bet-avén
Que ya sabemos que todo tiene su código de barra
La Denominación de Origen
V
Plaza de Cibeles / ReaEntre subterráneos para Bancos /
secretos militares
Lugar para la prisa y el encuentro
Para que te espere la noche que
elijas
a la
compaña
de un fantasma del Palacio de Linares /
que por ser fantasma sabrá mejor
dónde aliviar las piernas
echar un trago
otra vez vaciarme
Plaza de Cibeles /
Rea
Correos de Madrid /
Merengue de hormigón
Puertas que prometen todos los destinos
--¿cuál destino aguantará un pequeño edulcorante?-
Giran las puertas como sitios /
letras en tantos idiomas como hojas
Tantos “te quiero” / “Olvídame”
Alguna de las cartas llevará tu nombre /
Alguna foto con una historia como la tuya
Ah
las cartas que se quedan en Correos
Que no salen de una caja repleta de destinos errados
Cartas compartidas con vecinos fantasmas
las que se quedan en Correos de Cibeles /
Rea
*Se refiere al poblado ilegal (mercado de drogas duras) a las afueras de Madrid.
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